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Cuenta una leyenda

—Cuenta una leyenda que una hembra gitana conjuró a la luna hasta el amanecer.... Bla, bla, bla. ¡Menuda bronca le iba a caer al idiota de su hermano en cuanto tuviera ocasión! "Tienes que ir a la sesión de las 12, ¡es la mejor!".  Y allí estaba ella, suspendida en el aire tal cual luna, presenciando cómo una gitana se camelaba al resto del público para que no la bajaran hasta dentro de tres horas. — ¡Bajadme! ¡Venga ya, hombreee!  Fue lo último que dijo, antes de sentir un incómodo y fulminante pinchazo en sus partes traseras.

Recuerdo de Halloween

Cada Halloween me recuerda a él.  Corría junto a mi hermano calle abajo,  sujetando fuertemente unas cestitas. Yo iba de bruja negra con peluca rubia. Frankie, de monstruo verde con unos tornillos que se tambaleaban peligrosamente sobre su cabeza. Me paré ante un niño que lloraba. —¿Qué te pasa?— Parecía muy asustado.—¿Yo no soy así, eh? —He perdido a mi grupo.— Vestía de blanco. Unas brillantes alas a juego dominaban su espalda. Le cogimos de la mano y nos lo llevamos. Cuando abrieron la puerta, todos los niños gruñimos como locos por un puñado de caramelos. Todos, menos él. Él se dio la vuelta y, sin decir nada, se fue.

Misión a medianoche

Tenía que terminar lo que había empezado. Encendí la luz, me di la vuelta y saqué la caja de debajo de la cama. Ahí estaba todo: la navaja, el cordón necesario para poder sujetarlo bien, alfileres (por si se hacía de rogar), un trapo asqueroso de haber limpiado la bici (para recoger restos). Me levanté haciendo el menor ruido posible. Mi hermano roncaba en la cama de al lado. "¡Apaga la luz!", gritó, y se tapó la cara con las sábanas. "Voy a mear", murmuré. Me daba miedo la oscuridad. Me aferré a mi caja y, nervioso, bajé las escaleras. No sabía si me iba a dar tiempo. Yo tenía 7 años y mi madre 40. Colgarle un cartel de bienvenida sin "liarla" era todo un reto para mí. Solo quería decirle que la había echado mucho de menos y que la quería a rabiar.

Precielos

  ¡Cómo deseaba abandonar este mundo!  Mi familia vivía ya indefinidamente en Precielos, el mundo sin estrés. En su última carta, mi madre decía que aquello era como estar en una continua Navidad. Que trabajara mucho y sin control, así lo conseguiría. Pero nada. El Gobierno había cambiado el máximo nivel de estrés oficial. Los afortunados que lo superaban eran transportados en barco a Precielos. Y allí, paz y concordia.  ¿Y yo me iba a conformar con unas sandalias monísimas que me enviaba mi madre de regalo? Se iba a arrepentir el Gobierno de haberse inventado un precielo.