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El abuelo

Su empresa era digna de admiración. Llevaba viudo ya muchos años y no había dejado descendencia.  No tenía tiempo libre, pues daba clases de apoyo en un instituto, realizaba manualidades y bricolaje con sus excompañeros de milicia, practicaba deporte... Y hacía algo más: dos horas dedicaba a ello. Empezó diciendo que era su abuelo: el de aquél, el de aquélla y el de los de más allá... ¡Habían tantos! ¡Todos tan solos! Cuando escuchaba a alguno llorar se levantaba de la silla portátil y, acercándose sigilosamente a la cuna, lo cogía. Sus brazos aún eran robustos. E l bebé le miraba, entre absorto y perdido en sus ojos azules. Entonces, e l abuelo empezaba a acunarlo suavemente, con movimientos rítmicos, arriba y abajo, arriba y abajo, dando cortitos paseos y entonando una bella canción infantil que le cantaba su madre: “ Calla mi vida, no hay que llorar, duerme y sueña feliz. Siempre mi arrullo te acompañará , siempre estaré junto a ti. ” Poco le duró el engaño. Al tercer día...

El circo Belle Époque

—Sí, ha sido mi tía abuela. Estoy segura. A pesar de mi afirmación rotunda, a los policías encargados de investigar la desaparición de mi novio se les escapaba una sonrisa. Mi tía abuela Rosario había muerto de un ataque al corazón hacía tres años. Yo era la única persona que vivía con ella desde que era una cría y cuidábamos la una de la otra. Cuando era muy pequeña, mis padres, acróbatas de profesión, decidieron dejarme en su casa por una promesa de giras circenses por Europa. Quería haberme ido con ellos y que aquella fuera también mi vida. ¿Quién iba a dar el biberón a las crías de león recién nacidas? Quince años después de la fuga familiar todavía me pregunto por qué era incompatible volar por los aires subidos en un trapecio con criar a una hija. Ahora dicen que las mujeres de circo aprenden a ser acróbatas de la vida. Las otras, sustituímos las carpas por la inmensidad del cielo y la atención del espectador por la de una abuela que me enseñó que se peca de bobo si se le...

La odisea de Ágata

Avancé sigilosamente por el pasillo oscuro. En mi mente se agolpaban multitud de imágenes que, corriendo desbocadas cual río bravo a punto de salirse de su cauce, provocaban un dolor agudo y persistente que presionaba mis sienes. La calentura me obligaba a buscar apoyo en las hendiduras de las rocas frías y porosas que formaban las paredes del hogar familiar. Mi estancia en el castillo de Rockingham estaba llegando a su fin. Haciendo honor a su fama de gobernante despiadado, Guillermo, rey de Inglaterra, tramó un plan con el que supuestamente yo, su hermana Ágata, le traicionaba, queriendo arrebatarle el trono junto con Alfonso y así garantizar la sucesión. El rumor se extendió con rapidez y, en el momento oportuno, mi propio hermano mandó a sus hombres que me persiguieran cargados de mazas, arcos y flechas. Cambié mis trajes y adornos por unos pantalones sueltos y una túnica corta del esposo de mi fiel criada. Ella misma me recogió el pelo en un moño con una red, aunque aún no era muj...