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As time goes by

Sara abrió los ojos. A través de la ventana escuchó el piar de los pájaros. Se incorporó y miró el reloj de pulsera que estaba en la mesita. Eran las siete de la mañana. Había dormido en el sofá después de llorar durante varias horas. Fue a la cocina y conectó la cafetera. Solo a ella se le ocurriría ver Casablanca –su película favorita– en una noche como aquélla, pero no era por eso por lo que había llorado. O sí. No sabía bien. La noche anterior tuvo una cita con Manuel en el restaurante Oriza . Llevaba mucho tiempo sin verlo. Llorar le había liberado de la angustia que oprimía su corazón desde que entró en el restaurante. Nunca le perdonaría esa encerrona. Cogió un bollo de leche y el café, y volvió al sofá. Ahora se sentía relajada. Sorbió el café y mordió el bollo. El vecino encendió la radio. Sara reconoció las primeras notas de la canción que consideraba suya, escuchada unas horas antes: “ You must remember this: A kiss is still a kiss. A sigh is just a sigh. The fundament...

Nadie es una isla

— Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro… De pie, Sara parecía emocionada. No levantaba la vista del suelo. Tenía los brazos cruzados a la altura del pecho y hablaba ante todos los que estábamos allí; sentados en un círculo que, para mí, empezaba y terminaba en ella. Los integrantes de esa circunstancial comunidad teníamos algo en común: eso que suelen llamar terapia. La gran mayoría sufría mucho. Todos éramos adictos a algo: al juego, al sexo, a la bebida... Yo, a Internet. Ella era adicta a sí misma. Entonces, comenzó a hablar: — Conozco a cierta persona —me miró un segundo y volvió a bajar los ojos — desde hace meses. Es el único que ha sabido escucharme... No conocí a Sara como ocurre en las películas: chico se tropieza con chica en la puerta de la clínica y surge la atracción. No. Contactamos a través de una web para ligar por Internet. Yo era usuario habitual de los chats y de las redes sociales. Podía pasarme horas conectado a ellos. En el trabajo, en casa, ...

Buscaba soledad y encontró otra cosa

Llegó al hotel por la noche. Llovía y un frío húmedo helaba sus carnes. Necesitaba ducharse y dormir. Había discutido durante varios días con su mujer, harto de que controlara sus pasos hora tras hora: con quién trabajaba, con quién hacía deporte, que si el ordenador, ¡uf! Siempre tenía que estar diciéndole que la quería. Y la quería, sí, pero ese control absoluto era insoportable. Así que cogió la maleta y se fue. El hotel era un caserón del siglo XVII de ladrillo rojo, con un escudo en la fachada. En el mostrador fue atendido por un viejo encorvado. Decía que era el dueño: —¿Busca usted soledad, señor? Aquí encontrará soledad. Hace mucho tiempo que las mujeres, en esta casa, pasaron a mejor vida. —Afirmó con rotundidad. —Qué bien… —El viajante tragó saliva. La boca de ese hombre, torcida en una perenne mueca, y sus ojos, que parecían salirse de las cuencas, le asustaron. La construcción, de techos altos, era de una sola planta. Conservaba sus muebles de época y tenía muy poc...