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Buscaba soledad y encontró otra cosa

Llegó al hotel por la noche. Llovía y un frío húmedo helaba sus carnes. Necesitaba ducharse y dormir. Había discutido durante varios días con su mujer, harto de que controlara sus pasos hora tras hora: con quién trabajaba, con quién hacía deporte, que si el ordenador, ¡uf! Siempre tenía que estar diciéndole que la quería. Y la quería, sí, pero ese control absoluto era insoportable. Así que cogió la maleta y se fue. El hotel era un caserón del siglo XVII de ladrillo rojo, con un escudo en la fachada. En el mostrador fue atendido por un viejo encorvado. Decía que era el dueño: —¿Busca usted soledad, señor? Aquí encontrará soledad. Hace mucho tiempo que las mujeres, en esta casa, pasaron a mejor vida. —Afirmó con rotundidad. —Qué bien… —El viajante tragó saliva. La boca de ese hombre, torcida en una perenne mueca, y sus ojos, que parecían salirse de las cuencas, le asustaron. La construcción, de techos altos, era de una sola planta. Conservaba sus muebles de época y tenía muy poc...

Los vigilantes (v2)

Los nuevos que llegan a esta sección no saben que se les puede complicar el trabajo. Vigilamos el parque del Alamillo de Sevilla desde tiempos inmemoriales. Hasta Cervantes lo nombra en una de sus obras. Pero, actualmente, este parque no es famoso tanto por su aparición en los libros como por tratarse de una amplia zona de reunión y divertimento de miles de personas que acuden a él por variados motivos. Es, además, un magnífico ejemplo de cómo pueden llegar a convivir en paz y armonía los hombres, la vegetación y los animales que moran en él. La belleza extraordinaria consecuencia de tal equilibrio tiene un alto precio, y no siempre es fácil conservar ese concierto entre mundos tan dispares. Así que si nuestra experiencia puede ayudar a las siguientes generaciones, bienvenido será. Contaré uno de los últimos sucesos, transcurrido durante la mañana del 28 de febrero del año 2013, día de Andalucía. Además de ser día festivo, ese año se cumplía el vigésimo aniversario de la apert...

El abuelo

Su empresa era digna de admiración. Llevaba viudo ya muchos años y no había dejado descendencia.  No tenía tiempo libre, pues daba clases de apoyo en un instituto, realizaba manualidades y bricolaje con sus excompañeros de milicia, practicaba deporte... Y hacía algo más: dos horas dedicaba a ello. Empezó diciendo que era su abuelo: el de aquél, el de aquélla y el de los de más allá... ¡Habían tantos! ¡Todos tan solos! Cuando escuchaba a alguno llorar se levantaba de la silla portátil y, acercándose sigilosamente a la cuna, lo cogía. Sus brazos aún eran robustos. E l bebé le miraba, entre absorto y perdido en sus ojos azules. Entonces, e l abuelo empezaba a acunarlo suavemente, con movimientos rítmicos, arriba y abajo, arriba y abajo, dando cortitos paseos y entonando una bella canción infantil que le cantaba su madre: “ Calla mi vida, no hay que llorar, duerme y sueña feliz. Siempre mi arrullo te acompañará , siempre estaré junto a ti. ” Poco le duró el engaño. Al tercer día...